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06 de April del 2020 a las 00:27 -
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La territorialidad en educación
Pero llegó un día en que nos despertamos con el coronavirus durmiendo al lado. Fue entonces que la amenaza irrumpió y comenzamos a vivir el fenómeno inverso al que históricamente construimos
Pero llegó un día en que nos despertamos con el coronavirus durmiendo al lado. Fue entonces que la amenaza irrumpió y comenzamos a vivir el fenómeno inverso al que históricamente construimos

(Escribe Prof. Óscar Yáñez) Seré poco escrupuloso en el comienzo y partes del desarrollo de este artículo, por lo que corro el riesgo de que el lector avezado me abandone a poco de comenzar la lectura.

            Sin embargo, iniciaré este camino poco aconsejado porque entiendo que, sin más vueltas, estoy respondiendo preguntas o estoy posicionándome ante réplicas y demandas.

            Mediante este intento de explicar significados de palabras no busco la subestimación de mis receptores, sino que procuro encuadrar mi punto de vista que, como siempre, lo coloco como mi realidad y no como la verdad, sin alejarme un ápice de lo que soy: un educador.

            Me han reclamado el porqué del uso de la palabra “territorialidad”  “desterritorialidad” del acto educativo, cuando podría recurrir a la palabra “territorio”. El último vocablo no es nuevo en educación. Diría que en algún momento fue frecuente.

            Corresponde señalar que el hablante tiene varias opciones para decidirse por una palabra. Entre ellas está aquella que forma parte de su léxico disponible. Es esta una elección simple, sin mayor compromiso, diaria y acabada. Asimismo, está la que concierne al repertorio de la creatividad personal, tanto por la morfología como por el significado, lo que, en definitiva, explica la existencia de los neologismos, por un lado, y la denotación y la connotación, por el otro.

            Yo no tengo ni la destreza ni el don que ofrece la apropiación de la función poética del lenguaje. Pero sí, como cualquier hablante, tengo la posibilidad de crear para mejor referenciar. Con frecuencia, la creación es la evidencia de la versatilidad del uso de la lengua, en la que inciden siempre factores emocionales, sociales, culturales y todo lo que sea posible imaginar. Es decir, el entorno obliga, condiciona, impulsa, motiva… Los niños son los grandes creadores de palabras. Los adultos copiamos burdamente, en ocasiones, esa capacidad natural y fascinante de todos los niños.

            Entonces, cuando analizo la realidad actual en relación con el vertiginoso pasaje de la enseñanza, del aprendizaje y de la evaluación desde la presencialidad a la virtualidad, siento que no puedo reducirme a comprenderlo como un cambio de territorio. Agrego que si me restrinjo a apreciar apenas un cambio de “territorio”, estaría vulnerando principios y conceptos que echan por tierra argumentos de todo orden.

            No recurriré al diccionario para definir “territorio”. Usaré ese recuerdo léxico que siempre queda guardado, porque aquí y por ahora son muy importantes las sensaciones y las emociones. Si en los escenarios actuales solo pretendemos racionalizar las circunstancias por las que estamos atravesando o aspiramos a la solución de problemas con la aplicación de protocolos causa-efecto, nos daríamos contra una pared. Las sensibilidades están flor de piel y, por lo tanto, los requerimientos, más que antes o más que nunca, exigen soluciones sumamente equilibradas, sin descartar que el peso emocional puede escorarnos y conducirnos a rumbos más urgentes en este plano.

            Por lo tanto, concebir el salón de clase o la casa del estudiante como dos territorios diferentes me resulta, al menos, sombrío. La palabra “territorio” así usada, para explicar estos espacios, me cae excesivamente neutra y me coloca en un lugar de mucho confort, pero de un confort egoísta, porque se soslayan cuestiones y eventos que hacen a la vida de cada joven y -subrayado- de cada docente.

            Además, el vocablo “territorio” me evoca el suelo, el piso, las paredes o, si no, un paisaje, una perspectiva con un horizonte más o menos cercano. La belleza puede ser parte de lo evocado. Esto es obvio. Pero, como bien nos lo enseñan los colegas de Geografía, sobre esos territorios hay que apreciar a las personas.

            El problema didáctico-pedagógico que se nos presenta ahora es que esas personas están en un encierro preventivo. Y sí, esas personas son los alumnos que, en pocas horas, perdieron todos los vínculos que, por su propia naturaleza, realizaban en el exterior. La biunivocidad entre los entornos-parte del espacio y el adolescente se esfumaron.

            Por lo tanto, en el plano de la educación y del desarrollo del niño y del adolescente, el término “territorio” es excesivamente limitado. Es necesaria una palabra que despierte la imagen de esos espacios tangibles, pero que, al mismo tiempo, adicione al estudiante que ocupa ese lugar, todos aquellos factores que hacen a su desenvolvimiento social emocional y educativo, en particular.

            Como somos seres territoriales, esto me lleva a pensar en la “territorialidad”. Es relevante el significado de esta terminación –dad. Me refiero entonces, a una cualidad que nuestros alumnos han vivido plenamente desde que ingresaron al sistema educativo. Todos se apropiaron o se invadieron de una territorialidad, lo que supone no solamente un lugar (un territorio) para estar, sino un lugar para convivir, en el que se despierta, se goza y se resiste.

            La territorialidad del estudiante es la suma de todo lo que ocurre en la escuela o en el liceo, incluyendo el contexto y los cotextos, sin importar sexo, género, edad, curso, nivel o docente. Es un todo que para los educadores significaba un estilo de trabajo y una manera de comprender el entorno. Fue la columna vertebral de la formación profesional. Es el edificio que se construye sobre las tres columnas que inauguraron la formación docente en este país: la formación pedagógica, el conocimiento de la asignatura y la práctica docente.

            Me atrevo a avanzar un poco más. La territorialidad se comporta como la huella dactilar de cada institución educativa. En este sentido, me veo obligado a realizar una apreciación con dejo amargo. La territorialidad tiene un valor per se, pero su valor también depende del cuidado que de ella se le brinde. Por lo tanto, como la noria, llego siempre al común denominador: el valor de la territorialidad depende de familias, educadores y estudiantes. No puedo negar que también existen falsas valorizaciones de la territorialidad.

            Los educadores, con trabajo, vocación y empeño, hacen, delinean y configuran la territorialidad del centro educativo. Lo marcan y le dan un valor social que se resume en bueno o malo. Creo que el miedo al ranking de los centros de estudio no es otra cosa que el temor al juicio que se establece de acuerdo con las características de territorialidad que la sociedad emite de un centro de estudios, según el análisis sugerido por determinados dispositivos instalados por el estado o por el mercado.

            Muchas críticas se oyen y se escucharon de sistemas educativos que someten a sus instituciones a esto que se me da por llamar análisis de territorialidad, según el significado que propongo, entintado de familiaridad.

            No me atrevería a afirmar que esto no ocurre en nuestro país. Las particularidades de la territorialidad se presentan a través de las pintorescas campañas de la oferta educativa privada. Algunos centros de gestión oficial también se someten a esta cuestión.

            O sea, no hay un ranking explícito de particularidades territoriales. Ese ranking se da desde la opacidad. A veces es real; otras, una mentira.

            Este razonamiento testimonia que para educar nos movemos, tanto en la órbita publicitaria como en la de las ciencias de la educación, en relación con la territorialidad. El estado, organizaciones sin fines de lucro y bolsillos de particulares la necesitan para que la sociedad funcione. Con otras palabras y más vulgar: para que lo niños y adolescentes aprendan y las familias puedan trabajar. ¿Acaso la decisión familiar por un centro educativo público o privado no es el resultado de la observación y selección de las más potentes territorialidades? Confieso que me entristecen las instituciones que no crean territorialidad, concepto que supera ampliamente al de compromiso y que no tiene nada que ver con lo asistencial. Territorialidad es educar en un entorno vital.

            Pero llegó un día en que nos despertamos con el coronavirus durmiendo al lado. Fue entonces que la amenaza irrumpió y comenzamos a vivir el fenómeno inverso al que históricamente construimos. En vez de ofrecer, desarrollar y hacer crecer la territorialidad de los niños y adolescentes, hubo que desterritorializarlos. Aislamiento preventivo es desterritorialización forzosa. Los más de 800 millones de alumnos desterritorializados no transformaron la escuela y el hogar en un mismo lugar. La escuela es hoy un territorio vacío; el hogar es un territorio disruptivo, en el que relaciones inhabituales y hasta inoportunas comienzan a florecer.

            Así como antes manifesté la importancia del sufijo –dad, ahora me concentro en el prefijo des-. No puedo circunscribirme al sencillo concepto de la negación allí expresada. Debo señalar que se trata de una negación que sacude la historia de la educación. Resulta un verdadero cimbronazo a las prácticas educativas, incluso las más vanguardistas en relación con el uso de la tecnología disponible. El término “disponible” no es ingenuo. Para algunos lo disponible es diverso y actual; para otros lo disponible es pretérito.

            Si el lector avezado llegó hasta este párrafo, quizás piense que estoy por escribir un libro titulado “Apocalipsis de la educación”. No. Justamente, no. Por el contrario, la crudeza y rapidez de la desterritorialización -salvo esos excepcionales perezosos y lenguaraces que todos conocen- despertaron y avivaron seso para transitar desde la presencialidad a la virtualidad.

            Este tránsito no concuerda, al menos por el momento, con la construcción de una nueva territorialidad. No es fácil para una sociedad recuperarse de un tsunami en términos geográficos. Tampoco es fácil recuperarse del tsunami desde el punto de vista educativo. Más complicado aún, cuando la experiencia internacional es reciente. No es fácil para el profesional de la educación que intenten boicotear la evaluación, como está ocurriendo en algún lugar de Europa.

Por el contrario, este salto es el resultado de la destrucción de un espacio vital, por lo que los nuevos procesos responden a la voluntad y la necesidad de seguir creciendo desde lo cognoscitivo y conteniendo desde lo emocional. Estamos ante el nacimiento de un nuevo paradigma y, como no podría ser de otra manera, fungen los oposicionistas, los negacionistas y los oportunistas, cuyo común denominador es la acomodación de sentaderas o la falta de formación específica.

Siempre tuve el convencimiento de que en educación no hay recetas. Ni para gestionar un centro, ni para juzgar una clase, ni para planificar una unidad didáctica. Existen principios ineludibles.

Por lo tanto, si la desterritorialización es un fenómeno nuevo para todos, sin excepciones, que no explotó con forma de hongo, sino con forma de abanico… hoy ya no llamaría a una brigada de desactivación de explosivos. “Zapatero a tus zapatos”, la única realidad para la reconstrucción.

             

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